googleec0300c30f0b2b44.html Indígena de la tierra.

miércoles, 8 de enero de 2014

El ilustre ignorante.

"Erase una vez una historia oculta por la ignorancia del tiempo. Aquel tiempo que creímos perfecto, en ocasiones, olvida objetos, personas y lugares a los cuales nunca presta atención. Esos lugares que encontramos, a nuestra vista, mágicos, son solo ausencias y errores provocados por nuestra propia imaginación. Quitamos al Sol para poner al Tiempo. ¿Quién será nuestro próximo Dios?"


        Parecía una casa cualquiera, pequeña, que aunque en un principio fue blanca, plantas trepadoras la habían dado un matiz verde y marrón. Una chimenea expulsaba el humo que producía una fogata en su interior, humo negro que luchaba con el vapor blanco de las nubes. Era una casa humilde, parecía nacer de la propia tierra, acompañada de dos grandes abedules que producían gran sombra en verano y buen cobijo en invierno. También daban cobijo a numerosas especies de animales que cada mañana orquestaban el sonido de la montaña. Leo Matwesky, hijo de dos granjeros, cada mañana sacaba a las ovejas que antiguamente habían pertenecido a su padre y que antiguamente habían pertenecido a su abuelo. «Los Matwesky eran hombres de costumbre» le decía continuamente su padre en la cena. Aquella mañana tan fría como de común Leo iba jugando con su mejor amigo, su perro. Sansón, que así se llamaba, era un perro de dimensiones gigantescas, medía mas de un metro de alto y era fuerte como el tronco de un árbol. Se habían criado juntos desde muy pequeños, al nacer Sansón, nació Leo, o al nacer Leo nació Sansón, nunca se supo como fue pero ambos nacieron el mismo día; noche helada de lloros y aullidos dirigidos a la misma luna y bajo las mismas estrellas. Se dirigían a la cima de la montaña, donde la hierba era mas fresca y mantenía su hermoso rocío durante toda la mañana. Subían hasta encontrar el fresno americano de doradas hojas que orgullosas  bailaban todas al ritmo del viento, Leo subía su escarpado tronco y sentado en su rama más alta tocaba durante horas la flauta que había encontrado hacía unas semanas. Las ovejas se perdían en todas las direcciones que otorgaba el monte, pero Leo podía verlas desde su ventajosa altura. En la base del árbol Sansón aprovechaba el descanso para dormir plácidamente a la sombra de tan frondoso árbol.

        Así pasaban prácticamente el día hasta que las tripas de Sansón o las tripas de Leo rugían. Entonces Leo bajaba de un salto la altura del árbol, se ataba los pantalones y daba la orden a Sansón para que llamase a las ovejas. Desde el hocico hasta el extremo de su peluda cola todo su cuerpo se erizaba mientras comprimía fuerzas para lanzar un fuerte ladrido. Entonces todo cambiaba, del interior del enorme perro provenía un estrondoso sonido que rebotaba en todas las paredes montañosas que cerraban al monte, lo que llevaba tranquilo durante todo el día cambiaba a formar parte de un continuo ladrido que pareciera venir de una jauría. A Sansón le encanta esta sensación, movía la cola de un lado para otro cada vez que escuchaba ladrar al perro de las montañas, que así llamaba él al eco. Solía durar un buen rato el rebote de los ladridos, cuando este ya se iba callando las ovejas iban apareciendo todas juntas reuniéndose junto a Leo y Sansón. Aprovechándose de la altura del perro, Leo, que para tener doce años era bastante bajo, se subía encima de Sansón y montándolo como si de un caballo se tratase iba tocando la única canción que se sabía en la vieja flauta de madera. Como un ejercito se movían en una misma dirección y en una misma fila. De vez en cuando, mientras descendían el monte, hacían algun descanso para tomar agua y para poder observar la plenitud de tal maravilloso paisaje. Cuando llegaban a casa Leo encerraba a todas las ovejas en el redil para luego entrar corriendo a casa para poder comer la cena que hubiese preparado su madre aquella noche. Sopa de conejo, de cabra o incluso de vez en cuando de pato cuando su padre conseguía alcanzar con su escopeta alguno de estos animales, eran las comidas mas frecuentes que había en aquel diminuto hogar.

        A la noche le encantaba escuchar las aventuras que habían vivido sus padres aquella vez que tuvieron que bajar a la gran ciudad de Farhoa cuando "Presto" el caballo de montar de su padre se puso enfermo de una de sus patas. Contaban historias acerca de las terribles bestias que allí habitaban, carretas de metal que eran tiradas por ningún caballo, aves brillantes, del color de la plata, que llevaban humanos en su interior. También de la comida que rápida y caliente se hacia en el interior de una caja. Leo soñaba poder ir en alguna ocasión a Farhoa, quería poder ver con sus propios ojos aquellas terribles bestias que habían sido domadas por los Parmenienses. Quería subir en una y traerla a casa para poder hacer el trabajo mucho más fácil y tener más tiempo para poder dedicarlo a divertirse con Sansón. Después de divagar sobre la historia de su padre se dirigía a su habitación que no era más que una zona del extenso salón que era a su vez toda la casa. La habitación estaba compuesta por tres cortinas que habían sido yuxtapuestas por sus esquinas con la pared que daba a las montañas. En ese lugar, era el único rincón donde Leo Matwesky podía soñar con ser alguién importante en la gran ciudad, fuera de él, era un simple aprendiz de granjero.

       Así pasaban los días de Leo Matwesky. Así eran hasta que lo conocí, viejo y arrugado a traves del viento viajo, doy en vueltas círculos y en una de mis caras algo escrito llevo. Las hojas de los árboles me acompañan por mi viaje elevado y a miles de metros de altura extraño el pincel de mi amo. Ahora y como único recuerdo su escritura, absorbido por una corriente de aire fui a dar a la cara de un niño moreno, con la cara llena de mugre y los dientes sin lavar. Dientes con arrugas y ojos que pedían a gritos una aventura. Ahora contare la gran aventura de Leo Matwesky, un ilustre ignorante.


Fin.

martes, 17 de diciembre de 2013

Ayer noche.

Ayer noche, en mi habitación tuvo lugar un combate digno de presenciarse en los coliseos de la antigua Roma. Ya había la Luna bañado toda la ciudad con sus cortinas de plata cuando sin quererlo y en un viaje de codicia del saber abrí un libro, por ahora desconocido para mi. Fahrenheit 451 ¡Qué curioso!-pensé. El libro lo había escuchado antes y con mis antecedentes lecturas como son “Un mundo feliz” o “1984” no tardó en embaucarme la novela al completo. Yacía ya a su merced, leí el prólogo en los primeros cinco minutos, me quede completamente enamorado de Ray Bradbury de su forma de ser y de pensar. El modo que dio a luz a la novela fue un modo pobre y partiendo del barro con una maquina de escribir que estaba dispuesta en la biblioteca en la cual había que introducir una moneda de diez centavos para utilizarla media hora. ¡Cuánto conocimiento inútil se aprende al cabo de los años! Seguro que este dato es una de las cosas que a mi nunca se me olvidaran. Termine el prólogo con bastante presteza y ya embaucado en la vida y el nacimiento de tal novela me dispuse a leerla con bastante ansia. No se si llevaba ya cincuenta o sesenta hojas cuando el combate dio lugar. Hasta aquel momento estaba estimulando mi lectura con canciones de Jake Bugg, Bob Dylan o The tallest man on Earth. Volvamos al interior de mi habitación en el que tuvo lugar tal batalla. Morfeo, con armadura de cota de malla, reluciente, y encima de un precioso caballo blanco hace ofrenda de su belleza y de su fuerza, irrumpiendo con su corte por la puerta de mi habitación. No le presto atención, Bradbury todavía es mi dueño y tiene captada toda mi atención. Pero cuanto mas y mas intento acercarme a Bradbury más esclavo soy de Morfeo. Como el que tiene ángeles de distinta moral en cada uno de los hombros yo tenía a un escritor en una y a un dios en al otra. “¡Apártate de mí, todavía no quiero irme a dormir!”-grité a Morfeo que hasta entonces estaba bastante seguro que acabaría cediendo. Y en un intento mas, leí creo que fueron diez páginas, cuando mi cabeza fue a dar contra el escritorio de mi habitación. Parece ser que Bradbury no tuvo tanta fuerza como Morfeo. Me dormí en el escritorio de mi habitación leyendo una novela. Creo que es lo mejor que me ha pasado en los últimos meses. Aunque ante el hecho de que Bradbury perdiera el combate ayer noche no ha impedido que me despertara a las ocho de la mañana, me preparase una buena taza de café y ante la luz de una lámpara siguiese leyendo aquella maravillosa novela hasta el fin. Ahora creo, que Morfeo me vuelve a llamar. Habré dormido apenas unas horas, por ser bastante generoso. Mi cuerpo necesita descansar.

Buenas noches. 

viernes, 29 de noviembre de 2013

Once upon a time

>>Bienvenidos a un día normal en la vida normal de Normus. Despertaba temprano a la salida del Sol por el edificio de la compañía Confort, se dirigía al baño y se daba una ducha con el agua a una temperatura de 50º C. Se vestía entonces con el mismo traje de siempre, una americana gris con el pantalón a juego sobre una camisa blanca y una corbata completamente negra que estaba a juego también con sus zapatos. Desayunaba entonces colocándose la corbata hacia atrás y en su lugar una servilleta, era muy meticuloso con la suciedad de su ropa, aunque tuviera diez pares de camisas iguales en el armario. Desayunaba todas las mañanas dos tortas de maíz y un vaso de leche caliente. Colocaba los platos en el lavavajillas y colocaba la temperatura exacta para que no existiera microbio alguno cuando fuera a comer la semana siguiente con el mismo plato. Se dirigía de nuevo al baño para lavarse los dientes. Se centraba en que parecieran los más blancos posibles. Al enjuagarse la boca y escupirlo en el lavamanos alzó la mirada y se vio a si mismo en el espejo. Aquella mirada inexpresiva. Aquel mismo rostro de hace veinte años de mirada seca y apagada. De color verde se tornaban a medio abrir. Se limpiaba entonces la cara con una toalla y abandonaba a la única compañía que tenía en el hogar. Su reflejo.

Iba al trabajo en chofer. No le gustaba juntarse con la gente de a pie para ir al trabajo aunque ello le acarreara una escasez de dinero bastante notable al final de mes. Era el precio del éxito se repetía continuamente. Al llegar a su oficina saludaba a Dorman, su conserje. Dorman era con la única persona con la que hablaba a lo largo del día aunque solo fuera para decir hola y adiós. Al llegar a su oficina, rectangular como de costumbre, se encontraba en su mesa de aluminio el informe y las llamadas que debía de realizar a lo largo del día. Se servía un vaso de leche caliente y trabajaba durante el largo turno de la mañana. A la hora del almuerzo solía comer dos muslos de pollo a la plancha con un salteado de verduras. De postre una fruta. Al terminar el almuerzo se tumbaba a la sombra de algún árbol que hubiera en el área de relajación de la oficina. Aunque su descanso solo duraba una hora sabía aprovecharlo con bastante sabiduría. Al volver de nuevo a la oficina se encontraba con un informe distinto y otros números distintos que tenía que llamar por la tarde. Normus, se servía otro vaso de leche caliente y realizaba felizmente el trabajo durante toda la tarde. Al atardecer, cuando el sol se pierde entre las montañas terminaba el estresante trabajo de Normus. Cofier, su chofer, le esperaba al pie de la montaña de escaleras que tenia la oficina en su entrada. Al subir al coche Cofier siempre le saludaba por motivos de modales pero Normus nunca le contestaba, simplemente se regía a mirar las estadísticas de las apuestas del partido de anoche. De vez en cuando durante el viaje Cofier podía escuchar a Normus maldecir y gritar en la parte trasera, aunque le sacaba una sonrisa, conocía la actitud y el modo de ser de Normus por lo cual si le hacia una sugerencia él nunca le contestaría, ni siquiera se dignaría a mirarle.

Llevaba a casa feliz o triste  dependiendo de la tabla de estadísticas. Encendía el ordenador madre y revisaba su contestador de voz, cero llamadas, como de costumbre.

  

Abría la nevera y esquivando latas de cerveza cogía del fondo del frigorífico un tetrabrik de leche. Desconocía el motivo por el cual aquellas latas de cervezas llevaban ya meses en su frigorífico. “No recuerdo haberlas comprado” Se repetía sin cesar. Lo que restaba de tarde se la pasaba viendo videos de animales, era su pasión escondida. De pequeño, Normus, quería ser biólogo marino, estudiar todos los animales que escondía el océano y navegar junto a un grupo de delfines a lo largo de costas caribeñas. Quería ver con sus propios ojos una ballena azul e ir al polo sur a conocer a los pingüinos. Quería que las gaviotas le despidiesen en puerto y al volver le saludasen sin preocupación alguna. La vida en el mar, esa era su futura vida. Pero de repente deja su ensueño y vuelve dentro de la habitación. El sonido perturbante del televisor sin ninguna programación. Su vista había cambiado, había vuelto a ser el niño de aquellos años que soñaba con surcar el mar. Se veía a si mismo entre la desfigurada pantalla como un gran capitán de navío. Pero volvía a la realidad, un tono agudo marcaba que la comida del horno estaba preparada. Cenaba. Tomaba otro vaso de leche y se acostaba a dormir para que la noche trajese consigo un día exactamente igual al anterior.>>

martes, 12 de noviembre de 2013

Mi pequeño hogar.

Echo de menos mi casa blanca y me calle corta.
El Sol del invierno, los pájaros de mi terraza,
mi perro ladrando.

Echo de menos las numerosas visitas al día
de parte de familiares.
Y también el sentir el paso del tiempo.

Me siento congelado, me siento parte
de un agua estancada.
Aunque surja la vida, no es la que quiero.

Leyendo, creo viajar de nuevo a mi casa blanca,
pequeña y vieja.
¿Quién me diría hace diez años que te echaría de menos?

Cuando sueño, creo despertar en mi vieja habitación,
y recorro los pasillos de mi casa con los ojos cerrados.

Te echo de menos, vieja, pequeña, especial, translucida,
y portadora de vida casa blanca.

martes, 1 de octubre de 2013

El joven pastelero.

En una calle olvidada, entre una zapatería y una tienda de abrigos se encuentra la tienda de un joven pastelero. Sus pasteles son famosos, toda la gente de la ciudad, tanto nobles como pobres, disfrutaban de lo deliciosos que eran:

-¡Que pasteles más ricos, son creados en el horno de dios!- dice un medico gordinflón.

-No coma tantos o un día necesitara un medico que le cuide a usted- le contestó el joven pastelero entre carcajadas.

-No diga tonterías pastelero. Por que no me pones para llevar seis pasteles de crema, tres de mantequilla de cacahuete y otros cinco de mermelada de arándanos y canela.

-No puedo, tengo que guardar un poco para los niños del orfanato. Ayer les prometí que les llevaría sin falta una docena de mis mejores pasteles.

-Joven pastelero, como siga así se va a morir usted pobre-dijo el medico mientras se marchaba torpemente por la puerta de la tienda comiéndose mientras tanto un pastel de fresa y caramelo.

El pastelero cerro la puerta al salir el medico y echo la cerradura para poder así prepararse para ir al orfanato. Cuando anochecía el joven pastelero se dirigía a las zonas pobres de la ciudad para regalar sus tan venerados pasteles. Los niños corrían detrás de su carreta, mientras cantaban: "Joven pastelero, joven pastelero nuestra hambre necesitamos saciar, denos pasteles que ni siquiera necesitemos masticar" Desde los más grandes que tenían bebes a sus espaldas a modo de saco de patatas, hasta los mas pequeños de cinco años que corrían como una jauría de perros nublando las calles con el polvo que producían sus pies descalzos al tocar el suelo, todos reían al paso de la carreta.

Los padres de familia sentados en el atrio de sus humildes casas saludan al pastelero mientras fuman tabaco negro en su vieja pipa. Algunos ancianos se entretienen jugando una partida de cartas en mitad de la calle con un barril a modo de mesa. El pastelero recorre las calles y una gran nostalgia le llena todos sus pensamientos. Hacia ya diez años que se marchó de aquel lugar, pero siempre guardaba un sitió para su infancia en su memoria:
       Su madre preparando la masa con la que ahora, famosa ya, el realizaría sus pasteles. Su anciano padre sermoneándole debido a que pasaba mas tiempo en la cocina, con las mujeres aprendiendo a cocinar, que leyendo un libro sobre leyes o matemáticas. "Si quieres llegar a ser alguien mas vale que te pongas a estudiar aritmética o estudies abogacía como lo hace tu hermano pequeño.." Le replicaba sin parar mientras que con su mano, mas dura que una piedra debido a su trabajo como minero, le azotaba en el trasero. Sus hermanas pequeñas, gemelas las dos, no paraban de gastarle pesadas bromas y le trataban como si fuera una mujer debido a su vocación como cocinero. También a su hermano, un año mas joven que él, que estudiaba desde muy pequeño para ser un gran abogado y poder defender a los grandes nobles de la ciudadela o incluso, quien sabe, a lo mejor a un descendiente de la reina, con sangre azul. Pero sin duda a la que mas recordaba era a su madre.

"Me enseño todo lo que sé" Pensó el pastelero hacia sus adentros intentado a su vez  no llorar.

 En la única fuente que había en la zona estableció su carreta y con los últimos rayos de sol, que pasaban rozando su cabeza, colocó un par de farolillos para poder ver después, cuando la oscuridad se adueñara de todo. No tardaron en llegar, pues no estaban lejos, los primeros niños corriendo. Se apresuro para cerrar la carreta y colocar una tabla. "Vuelvo en breve" Cogió una cesta con un montón de pasteles y se adentró por las callejuelas de la ciudad. Llego a una vieja y humilde casa que apunto estaba de derrumbarse de no ser por los arreglos que habían realizado el y un carpintero años atrás. Cuando entró, tres niños encapuchados con sombreros y apuntando con palos a modo de pistolas le pidieron a cambio de su vida los pasteles. El joven pastelero riéndose dejo la cesta en el suelo y subiendo las manos pidió clemencia. De repente en el fondo del pasillo apareció una mujer con un bastón tan encorvado como su cadera.

-¿Creéis que esta es forma de tratar a nuestro invitado?

-No hay piedad con forasteros-dijo un niño, mientras se sujetaba el sombrero con una mano en forma de saludo.

-Pero si asesináis al joven pastelero, ya nadie mas hará esos deliciosos pasteles que tantos os gustan-replicó la pobre anciana siguiéndoles el juego.

Un niño dudo por un segundo y al temblar su mano el joven pastelero vio su oportunidad, agarro al niño por la mano, robándole al instante su poderosa arma. Sujetándole a la altura del hombro y todavía de rodillas, les pidió al resto de asaltantes que bajaran sus armas. Era una situación muy tensa, los ojos de los asaltantes se cruzaban sin parar comunicándose mentalmente, no hacia falta hablar.

-De acuerdo, bajaremos nuestras armas, pero los pasteles nos los quedaremos hasta que no sueltes a nuestro compañero.

Fue una transacción bastante limpia. Al instante que el joven pastelero soltó al asaltante los otros dos le devolvieron sus pasteles. Juntos, los tres, salieron corriendo por la puerta que daba a un gran salón disparando a indios imaginarios. La anciana, pidiendo perdón se acerco al joven pastelero:

-¿Bromeas? No me lo pasaba tan bien desde mi cumpleaños-dijo el pastelero riéndose.

El joven pastelero le entrego los pasteles que tantas ganas tenían los pobres huérfanos por comer.

-Mañana traeré muchos mas, debido a un último pedido solo he podido conservar estos. Pero te aseguro que mañana madrugare para poder traerte tantos pasteles como niños duermen aquí.

-Muchas gracias, pastelero. No se como agradecerte lo que haces por estos pobres huérfanos.

-No tienes porque agradecerme nada, con su gratitud y su felicidad me es mas que suficiente.

La anciana besó catorce veces al joven pastelero que al instante salio mareado del fuerte perfume que usaba. Al salir de la casa, respiro profundamente y con la espiración sintió como parte de su felicidad se quedaba en aquella casa. Se dirigió igualmente feliz a la plaza donde se hallaba una multitud cuantiosa esperando sus pasteles. Los niños mayores se habían colocado a sus espaldas a los mas pequeños para que así el joven pastelero les diera con mas facilidad mas pasteles. Vio con claridad como a la mayoría de niños se les marcaba las costillas y los hoyuelos, e incluso sus rodillas eran mas gruesas que sus muslos. No podía entender como aquel hermano mayor, con aquellos flacos brazos y esa frágil espalda podía mantener al niño. Al instante el joven pastelero se coloco su deslumbroso gorro blanco, que tanto le caracterizaba, y se dispuso a repartir todos los pasteles que había traído que si tenia bien la cuenta seria unos trescientos. Repartió primero sus famosos bollos de caramelo, fresa, y viruta de colores, desapareciendo en apenas unos segundos treinta y cinco pasteles. El hambre no quitaba la generosidad; los mayores que ya tenían pasteles dejaban hueco para los pequeños que se situaron atrás debido a su estatura. Todos y cada uno de los niños recibió un pastel. Todos eran felices, en aquella hora y en aquel lugar olvidaban por un segundo su pobreza para ser lo que eran, simplemente niños.

Al terminar de repartir todos sus pasteles se dispuso a cerrar su carreta, la cual se abría por un lateral. Debía de recoger también el gran mantel pintado en el cual ponía "Pasteles de la felicidad". Ya había recogido el mantel y se disponía a cerrar la carreta cuando oyó llorar a un joven niño. Se giró atormentado, no se lo podía creer, había traído demasiados pocos pasteles. Cerró con rapidez la carreta y se giró para ayudar al pobre niño.

-¿Porqué lloras joven niño? Dime, si tu desdicha es un pastel, te prometo que mañana con la primera luz del día, antes de que cante el primer gallo, tendrás el mas rico y mas sabroso que jamás hallas probado.

-No es un pastel lo que busco, joven pastelero, sino una cura para mi madre que lleva en cama mas de una semana. No se cura y esta muy enferma-dijo el niño secándose las lágrimas con el harapo que tenía como camisa que hacia a su vez de pantalón, pues sus piernas iban desnudas desde la punta de sus dedos hasta donde terminaba la camiseta.

-Conozco a un medico muy bueno. Es un gordinflón muy hablador, pero sé que es de los mejores que puedes encontrar en la ciudad. Es muy buen amigo mio y se que por un par de pasteles sería capaz de curar a tu madre.

-¿Enserio, joven pastelero?¿Hablas enserio?-dijo el niño echándose a llorar a los brazos del joven pastelero.

El joven pastelero, echo a llorar debido a la emotividad de aquel abrazo. Sintió, también, al instante, el insoportable y penetrable olor del niño, que debía llevar sin ducharse desde la primavera pasada. Pero aún con nauseas mantuvo su abrazo durante un gran rato y aunque no lo comprendía era feliz.

Subió al niño a su carreta, la cual inundo con agua y jabón, y echó,como quien echa a un perro a lavarse, al pobre niño dentro que daba vueltas por toda la carreta debido a los baches del viaje.

-Tardaremos muy poco en llegar a la casa del medico-le dijo el pastelero sonriendo, dando al instante azotes a sus dos caballos para que fueran mas rápido por la calzada.

Las ruedas de las carretas parecían que en cualquier momento iban a salir disparadas en cualquier dirección, los caballos jadeaban del cansancio y el niño gritaba clemencia en el interior de la carreta. De repente los caballos frenaron en seco y el niño fue a dar contra la madera que impedía que el agua diese al pastelero. Por un rejilla que había asomo el pastelero su cabeza.

-¡Aprisa, el medico tiene que estar apunto de irse a dormir!

El pastelero dejó al niño un saco de harina vacío a modo de ropa ya que la otra estaba llena de chinches y pulgas. Y juntos, corrieron a la puerta del medico. Aporrearon la puerta como si un demonio les persiguiera y al instante una voz grave pero femenina se oyó desde lo que parecía la sala de estar.

-¿Quiénes sois y por que aporreáis mi puerta de esa manera?

-Buenas noches señora, perdone mis modales pero necesito hablar con su marido urgentemente.

-Mi marido se ha ido a dormir, si no le importa venir mañana, le estaríamos agradecido.

-Perdone, pero esto no puede esperar. Dígale que tendrá cuántos pasteles quiera, que yo mismo se los haré.

De pronto, rompiendo el silencio de la casa, se escucho un estruendo, como si un piano se cayera desde un segundo piso. El suelo retumbaba y parecía como si una estampida de elefantes se acercase hacia ellos. Entonces, y en calzoncillos, apareció el medico en lo alto de la escalera.

-¿Serán todos los que yo quiera?

-Todos-respondió el joven pastelero.

-Mujer tráeme mi maletín voy a colocarme algo encima. También traeré algo de ropa para ese pobre muchacho.

-Pasen, pasen-dijo la mujer del medico-Niño, ¿Quieres un chocolate caliente? Es traído de las Américas.

-S.. Sí.-respondió el niño tartamudeando. Nunca había probado el manjar de las américas y estaba a punto de probarlo y además no tenía que pagar por ello. "¡Que buena es la gente de la alta sociedad!" pensó.

Cuando se disponía a probar el manjar apareció el medico por el pasillo con un atuendo mas de su profesión: un traje negro, encima de una camisa blanca y una corbata de seda proveniente de las indias además de un bonito pantalón beis sobre unos zapatos limpios negros que brillaban a la luz de las velas.

-¿Hacía dónde tenemos que ir joven pastelero?¿A quien tengo que curar?

-A la madre de este pobre muchacho. Es en el barrio pobre de la ciudad, espero que no le importe.

-Eso aumentara el número de pasteles que le pediré mañana. Pero no importa, vayamos entonces, que no digan que nos demoramos por mí.

Cogió el medico al pobre niño por los hombros y le coloco encima una camisa blanca y unos pantalones negros, aunque le quedaban grandes era la primera vez que el niño sentía que llevaba puesto ropa realmente limpia.

Subieron los tres a la carreta, por la parte de adelante. El medico al subirse observó por la rejilla el agua mugrienta que yacía en el interior de la carreta. Con cara de espanto miro a sus dos compañeros los cuales miraban sin girar la cabeza hacia en frente con un tono sonrojado en las mejillas.

Llegaron a la casa del niño cuando la Luna se situaba en sus cabezas. Los búhos rompían el silencio con sus tenebrosas voces. Al llegar, el pensamiento que les vino a la cabeza al medico y al pastelero fue la misma: Aquella mujer debía de padecer la peste.

Al entrar en la habitación el muchacho entro primero corriendo, postrándose en una cama en la cual yacía un cuerpo seco, deshidratado y con la mirada perdida.

-Madre, este hombre ha venido a curarte-decía el niño sujetando su huesuda muñeca.

-Aparte por favor al niño, sáquelo de la habitación. Necesito concentrarme para saber rápidamente con que enfermedad trato.

El pastelero le dio la razón. Pasaron horas interminables para ambos. Esperaban en el pasillo mientras el niño le contaba al pastelero miles de historias que había vivido su madre cuando era joven. En una de ellas le contó que su madre fue a la guerra y que lucho por una corona que no era la de su casa y que supuestamente era su enemiga. En otra le contó que se enamoro de un marinero italiano que surcaba los mares del norte en busca de grandes ballenas y que le decía que aquel era su padre. "Hijo de un marinero, se puede estar mas orgulloso" le decía continuamente el niño al pastelero.

Al mismo tiempo de aparecer el primer rayo de sol por la ventana también apareció el medico por el pasillo. Su cara mustia y apagada no parecía traer buenas noticias.

-Vivirá, pero no por mucho tiempo-le dijo al oído el medico al pastelero.

La mirada del pastelero fue a parar al pobre muchacho el cual sobrecogido no sabía que respuesta esperar. Las lágrimas brotaron del pobre muchacho, al oír aquella terrible noticia. El pastelero se quedo abrazándolo durante varias horas después del que el medico se fuera a descansar a su casa. Aquel día el pastelero no fue a trabajar, aunque recordó varias horas después su promesa con el orfanato, sabia que debía quedarse con aquel pobre niño. La mañana ya iluminaba la cara de las gárgolas en la catedral de la ciudad, aunque un mundo de sombras y lágrimas aún tenían hueco en aquella humilde casa.

Aunque la esperanza que le dio el medico a la mujer de vida fue de apenas tres meses, no solo vivió mas, sino que alcanzó la vejez. Nadie nunca supo porque, pero todo el mundo cree que además de felicidad, también trajeron vida aquellos pasteles que traía sin cesar el joven pastelero a la zona pobre de la ciudad. Murió bastante viejo, y debido al amor que repartió, en su honor en el centro de la única plaza de aquella zona de la ciudad, ahora ya vieja, se mantiene inderrumbable una estatua de un joven pastelero con su carreta.

Fin.






lunes, 23 de septiembre de 2013

Poema de Mario Benedetti.

Táctica y Estrategia.

Mi táctica es 
mirarte 
aprender como sos 
quererte como sos 

mi táctica es 
hablarte 
y escucharte 
construir con palabras 
un puente indestructible 

mi táctica es 
quedarme en tu recuerdo 
no sé cómo ni sé 
con qué pretexto 
pero quedarme en vos 

mi táctica es 
ser franco 
y saber que sos franca 
y que no nos vendamos 
simulacros 
para que entre los dos 
no haya telón 
ni abismos 

mi estrategia es 
en cambio 
más profunda y más 
simple 

mi estrategia es 
que un día cualquiera 
no sé cómo ni sé 
con qué pretexto 
por fin me necesites.

martes, 23 de julio de 2013

Estación de Tren.

Por fin, lo he encontrado. Sentado en una estación de tren encuentro por fin el sentido de la vida. Es el momento mas feliz de mi vida pero no tengo con quien compartirlo, y de aquellos de los que estoy rodeado son completamente desconocidos para mi:

     -Desde el final de la estación un grupo de adolescentes gritan mientras miran todas juntas la pantalla de un móvil. Ríen, hablan y se gritan. Parecen ser felices. Un poco mas cerca, me encuentro con un hombre de otra época. Libro en mano y con un gran bigote en su cara mira a su alrededor sin entender nada, abre su libro y se encierra en su época de nuevo. Se oye una voz de una mujer por todo el pasillo, avisando que nuestro tren llegara en apenas cinco minutos. A mi lado, en mi mismo banco, se encuentra una mujer con un bebe. La mujer no se da cuenta pero el bebe no para de agarrar mi abrigo y mirarme con una sonrisa sin dientes. Yo añorando mi niñez le devuelvo la sonrisa; un poco menos sincera, un poco menos de todo... La mujer por fin se da cuenta de las travesuras del bebe y sonrojada me pide perdón en quince idiomas distintos, yo con una sonrisa en mi cara me echo a reír. Le digo que no pasa nada, que no se sonroje ya que me encantan los niños y sus travesuras.
 Mas alejado me encuentro a otro niño pero este ya parece un poco mas mayor, parece tener de entre ocho a diez años de edad. Tiene una carpeta en su brazo y un pincel en la mano. Con el pincel parece como si dibujara en el aire haciendo surcos por completo por toda la estación. La estación estará repleta de dragones, caballeros y princesas que salvar. Es agradable. Seguro que a mi lado habrá una guerra entre dos reyes y cerca del hombre con bigote cientos de hombres a caballo pasaran gritando el nombre de alguno de ellos. Los monstruos eran malos y los príncipes eran buenos. La vida era tan sencilla en aquel entonces.

Al fondo de la estación, para sorpresa mía me encuentro conmigo mismo. Mirándome directamente a los ojos. Apoyado sobre mis rodillas y con las manos en la frente pienso si todo ha valido la pena. Hubo una persona una vez que me dijo que mis ojos no ocultaban nada, que eran tan oscuros que hasta el mínimo brillo relampagueaba y hacia ver todos mis oscuros secretos. Ahora cuando miro al fondo de la estación en el espejo solo veo a un hombre cansado, sentado solo. No hay gritos de adolescentes a la izquierda y no hay niño con pincel con aventuras en la cabeza a la derecha. El hombre con bigote y cara arrugada ha desaparecido y la madre con su bebe se fueron también. Siento todavía las arrugas en mi abrigo provocadas por las manos del bebe y creo escuchar la risa vergonzosa de su madre. Ahora me siento un poco menos solo. He encontrado el sentido de la vida sentado en una estación de tren abandonada. ¿Ha valido la pena? 

Se oye la voz de una mujer por toda la estación. El tren que estoy esperando no existe. Me levanto empujándome sobre mis rodillas, me coloco el sombrero y recojo del suelo mi maleta. Haciendo un esfuerzo me dirijo hacia la salida pero la salida esta iluminada por completo por una luz blanca y no puedo ver mas allá. Llego a la salida y mirando de nuevo hacia la estación me doy cuenta de que esta está completamente a oscuras y que solo se ilumina por la luz de la salida. Suspiro y me atrevo a salir de ella.