Buenos días idiota.
Es de mañana y llueve en el patio de mi casa. Y apurando el suspiro de una lágrima me dispongo a escribirte esta carta: la carta de mi perdón.
En todo este tiempo que hemos estado juntos los dos sabemos que fuiste tu y no yo quien tiro del carro de la relación, fuiste quien con carácter y dureza se centro en llevar esto adelante y hacer que prosperara. Fui un simple monigote pintado al lado del margen que no hizo nada por embellecerte la vida o siquiera para hacerla un poco mas feliz. Me centraba en decirte que quería arreglarte la vida, arreglarte el corazón y reparar todos los males que te habían causados gente inmunda sin ver bien que yo mismo me enterraba poco a poco. Esto viene de largo, esto no ocurrió ayer y te lo dije hoy, esto viene de antes que vos y lo arrastro muy a pesar mio, conociendo su existencia. No se quien es peor si el que lleva la carga y no lo sabe o el que la lleva delante de el y no intenta arreglarla. Te mereces esto, te mereces mi carta de perdón, escrita por mi y por el, por que a el también lo enamoraste.
Lo siento tanto el haber jugado contigo como lo he hecho de una manera tan inhumana y con falta de corazón, se que lo he hecho en mayor o menor medida , y ese es el nombre de mis actos, pues no hay otro que se le parezca. Siento tanto el haberte avisado tan tarde de mi falta de sentimiento hacia ti y que ahora aflora en forma de pena y llanto. La verdad, y no son mentiras, quería ser feliz a tu lado y todo lo que digo es que no podía sentir lo que tu ya en este momento, a grandes zancadas, sientes. Igual es tiempo, igual distancia pero nunca lo sabré, más nunca lo sabremos. Eres bella y frágil, no dejes que nadie te rompa ni mucho menos que lo haga yo. Me has hecho feliz en muchos momentos como el caso del saludo mañanero que me llenaba de tanta felicidad y de tanta alegría que no creo que exista palabra que la defina. No creo que aún sepa el cacho de sol que dejo escapar entre mis brazos y se que tarde o temprano te echare de menos y cuando lo haga, tu no estarás a mi lado.
Debo seguir mi camino, y tu debes seguir el tuyo. Para nada, dios no lo quiera que esto sea un adiós,esto simplemente es un hasta luego, un parón en el camino, un respiro en la carrera. Por que espero que dentro de poco, o quien sabe alomejor dentro de mucho, nos veamos y me gustaría que cuando eso ocurra yo carezca de este miedo a querer que tanto daño me esta haciendo. Eres mi idiota de los ojos verdes y con el corazón roto, que con tanta ansía intente remendar, te digo adiós.
Y que por breve que haya sido esto, no quita lo intenso y no borra lo ocurrido.
Hasta luego, querida mía.
domingo, 27 de abril de 2014
miércoles, 5 de marzo de 2014
Des-almado.
El tiempo que tanto
buscabas llegó,
alejando las paredes
que tanto te ahogaban,
oxigenando el veneno de
tus pulmones,
iluminando lo que no
podías ver.
Un silencio sordo se
adentra en el cuarto,
una sonrisa y un llanto
se van de él.
Luz blanca que iluminas
todo, deja de alumbrarme,
Sonrisa muda en el
fondo de la habitación.
Mis lágrimas ácidas
en el rostro,
mis palabras truncadas
por la desesperación.
Estado inoportuno de
tenerte,
déjame sufrir dolor,
completamente interte,
sentando en el barranco
dentro de mi habitación.
¿Y qué pasó?
Que por fin llegó, el
tiempo que tanto deseaste,
el alejamiento de
paredes y este exceso de aire,
ahora muda tu voz.
No pido que me
arrastres, que me subas al cielo,
tantas noches despues de imaginarte,
ahora solo quiero que me falte el corazón.
Solo echo de menos mi
falta de aire, mi espacio cerrado,
y la escasa luz del
sol.
jueves, 9 de enero de 2014
Ser presidente.
Un presidente, un alto general, un representante tanto de un
pueblo como de un país no debería entender de derechas o de izquierdas. Debería
entender a razones y a sentimientos, no a números y estadísticas. Ni a acciones
políticas, religiosas, culturales y poéticas deberían de perjudicar en su
pensar. Un presidente debe ser frío y humano, aunque pocos se ganen tal
calificativo. El presidente debería de ver la mejor acción para mejorar el país
en el que vive y por consiguiente observar en que perjudica al resto de países
y al mundo. Si una acción perjudica aunque sea en una absurdidad a otro país,
esta acción no debería llevarse a cabo.
Los pensamientos egocéntricos nos han llevado a callejones
sin salida, a aguas poco profundas, y a charcos contaminados de miedo y hastío. El libre pensar por lo contrario nos llevará por senderos bellos
y prósperos, senderos llenos de fertilidad. Aguas tan profundas como el planeta
y ríos tan anchos como países enteros.
Ser presidente debe ser un orgullo, un sueño, una ilusión, y
un principio. Nunca debe ser una ambición.
Infrámico Bendess.
miércoles, 8 de enero de 2014
El ilustre ignorante.
Parecía una casa cualquiera, pequeña, que aunque en un principio fue blanca, plantas trepadoras la habían dado un matiz verde y marrón. Una chimenea expulsaba el humo que producía una fogata en su interior, humo negro que luchaba con el vapor blanco de las nubes. Era una casa humilde, parecía nacer de la propia tierra, acompañada de dos grandes abedules que producían gran sombra en verano y buen cobijo en invierno. También daban cobijo a numerosas especies de animales que cada mañana orquestaban el sonido de la montaña. Leo Matwesky, hijo de dos granjeros, cada mañana sacaba a las ovejas que antiguamente habían pertenecido a su padre y que antiguamente habían pertenecido a su abuelo. «Los Matwesky eran hombres de costumbre» le decía continuamente su padre en la cena. Aquella mañana tan fría como de común Leo iba jugando con su mejor amigo, su perro. Sansón, que así se llamaba, era un perro de dimensiones gigantescas, medía mas de un metro de alto y era fuerte como el tronco de un árbol. Se habían criado juntos desde muy pequeños, al nacer Sansón, nació Leo, o al nacer Leo nació Sansón, nunca se supo como fue pero ambos nacieron el mismo día; noche helada de lloros y aullidos dirigidos a la misma luna y bajo las mismas estrellas. Se dirigían a la cima de la montaña, donde la hierba era mas fresca y mantenía su hermoso rocío durante toda la mañana. Subían hasta encontrar el fresno americano de doradas hojas que orgullosas bailaban todas al ritmo del viento, Leo subía su escarpado tronco y sentado en su rama más alta tocaba durante horas la flauta que había encontrado hacía unas semanas. Las ovejas se perdían en todas las direcciones que otorgaba el monte, pero Leo podía verlas desde su ventajosa altura. En la base del árbol Sansón aprovechaba el descanso para dormir plácidamente a la sombra de tan frondoso árbol.
Así pasaban prácticamente el día hasta que las tripas de Sansón o las tripas de Leo rugían. Entonces Leo bajaba de un salto la altura del árbol, se ataba los pantalones y daba la orden a Sansón para que llamase a las ovejas. Desde el hocico hasta el extremo de su peluda cola todo su cuerpo se erizaba mientras comprimía fuerzas para lanzar un fuerte ladrido. Entonces todo cambiaba, del interior del enorme perro provenía un estrondoso sonido que rebotaba en todas las paredes montañosas que cerraban al monte, lo que llevaba tranquilo durante todo el día cambiaba a formar parte de un continuo ladrido que pareciera venir de una jauría. A Sansón le encanta esta sensación, movía la cola de un lado para otro cada vez que escuchaba ladrar al perro de las montañas, que así llamaba él al eco. Solía durar un buen rato el rebote de los ladridos, cuando este ya se iba callando las ovejas iban apareciendo todas juntas reuniéndose junto a Leo y Sansón. Aprovechándose de la altura del perro, Leo, que para tener doce años era bastante bajo, se subía encima de Sansón y montándolo como si de un caballo se tratase iba tocando la única canción que se sabía en la vieja flauta de madera. Como un ejercito se movían en una misma dirección y en una misma fila. De vez en cuando, mientras descendían el monte, hacían algun descanso para tomar agua y para poder observar la plenitud de tal maravilloso paisaje. Cuando llegaban a casa Leo encerraba a todas las ovejas en el redil para luego entrar corriendo a casa para poder comer la cena que hubiese preparado su madre aquella noche. Sopa de conejo, de cabra o incluso de vez en cuando de pato cuando su padre conseguía alcanzar con su escopeta alguno de estos animales, eran las comidas mas frecuentes que había en aquel diminuto hogar.
A la noche le encantaba escuchar las aventuras que habían vivido sus padres aquella vez que tuvieron que bajar a la gran ciudad de Farhoa cuando "Presto" el caballo de montar de su padre se puso enfermo de una de sus patas. Contaban historias acerca de las terribles bestias que allí habitaban, carretas de metal que eran tiradas por ningún caballo, aves brillantes, del color de la plata, que llevaban humanos en su interior. También de la comida que rápida y caliente se hacia en el interior de una caja. Leo soñaba poder ir en alguna ocasión a Farhoa, quería poder ver con sus propios ojos aquellas terribles bestias que habían sido domadas por los Parmenienses. Quería subir en una y traerla a casa para poder hacer el trabajo mucho más fácil y tener más tiempo para poder dedicarlo a divertirse con Sansón. Después de divagar sobre la historia de su padre se dirigía a su habitación que no era más que una zona del extenso salón que era a su vez toda la casa. La habitación estaba compuesta por tres cortinas que habían sido yuxtapuestas por sus esquinas con la pared que daba a las montañas. En ese lugar, era el único rincón donde Leo Matwesky podía soñar con ser alguién importante en la gran ciudad, fuera de él, era un simple aprendiz de granjero.
Así pasaban los días de Leo Matwesky. Así eran hasta que lo conocí, viejo y arrugado a traves del viento viajo, doy en vueltas círculos y en una de mis caras algo escrito llevo. Las hojas de los árboles me acompañan por mi viaje elevado y a miles de metros de altura extraño el pincel de mi amo. Ahora y como único recuerdo su escritura, absorbido por una corriente de aire fui a dar a la cara de un niño moreno, con la cara llena de mugre y los dientes sin lavar. Dientes con arrugas y ojos que pedían a gritos una aventura. Ahora contare la gran aventura de Leo Matwesky, un ilustre ignorante.
Fin.
martes, 17 de diciembre de 2013
Ayer noche.
Ayer noche, en mi habitación tuvo lugar un combate digno de presenciarse en los coliseos de la antigua Roma. Ya había la Luna bañado toda la ciudad con sus cortinas de
plata cuando sin quererlo y en un viaje de codicia del saber abrí un libro, por
ahora desconocido para mi. Fahrenheit 451 ¡Qué curioso!-pensé. El libro lo
había escuchado antes y con mis antecedentes lecturas como son “Un mundo feliz”
o “1984” no tardó en embaucarme la novela al completo. Yacía ya a su merced,
leí el prólogo en los primeros cinco minutos, me quede completamente enamorado
de Ray Bradbury de su forma de ser y de pensar. El modo que dio a luz a la
novela fue un modo pobre y partiendo del barro con una maquina de escribir que
estaba dispuesta en la biblioteca en la cual había que introducir una moneda de
diez centavos para utilizarla media hora. ¡Cuánto conocimiento inútil se
aprende al cabo de los años! Seguro que este dato es una de las cosas que a mi
nunca se me olvidaran. Termine el prólogo con bastante presteza y ya embaucado
en la vida y el nacimiento de tal novela me dispuse a leerla con bastante
ansia. No se si llevaba ya cincuenta o sesenta hojas cuando el combate dio lugar.
Hasta aquel momento estaba estimulando mi lectura con canciones de Jake Bugg, Bob Dylan o The tallest man on Earth. Volvamos al interior de mi habitación en el que
tuvo lugar tal batalla. Morfeo, con armadura de cota de malla, reluciente, y encima de un
precioso caballo blanco hace ofrenda de su belleza y de su fuerza, irrumpiendo
con su corte por la puerta de mi habitación. No le presto atención, Bradbury
todavía es mi dueño y tiene captada toda mi atención. Pero cuanto mas y mas intento acercarme a Bradbury más
esclavo soy de Morfeo. Como el que tiene ángeles de distinta moral en cada uno
de los hombros yo tenía a un escritor en una y a un dios en al otra. “¡Apártate
de mí, todavía no quiero irme a dormir!”-grité a Morfeo que hasta entonces
estaba bastante seguro que acabaría cediendo. Y en un intento mas, leí creo que
fueron diez páginas, cuando mi cabeza fue a dar contra el escritorio de mi
habitación. Parece ser que Bradbury no tuvo tanta fuerza como Morfeo. Me dormí
en el escritorio de mi habitación leyendo una novela. Creo que es lo mejor que
me ha pasado en los últimos meses. Aunque ante el hecho de que Bradbury perdiera
el combate ayer noche no ha impedido que me despertara a las ocho de
la mañana, me preparase una buena taza de café y ante la luz de una lámpara siguiese leyendo aquella maravillosa novela hasta el fin. Ahora creo, que Morfeo me vuelve
a llamar. Habré dormido apenas unas horas, por ser bastante generoso. Mi cuerpo
necesita descansar.
Buenas noches.
viernes, 29 de noviembre de 2013
Once upon a time
>>Bienvenidos a un día normal en la vida normal de
Normus. Despertaba temprano a la salida del Sol por el edificio de la compañía Confort, se dirigía al baño y se daba
una ducha con el agua a una temperatura de 50º C. Se vestía entonces con el
mismo traje de siempre, una americana gris con el pantalón a juego sobre una
camisa blanca y una corbata completamente negra que estaba a juego también con
sus zapatos. Desayunaba entonces colocándose la corbata hacia atrás y en su
lugar una servilleta, era muy meticuloso con la suciedad de su ropa, aunque
tuviera diez pares de camisas iguales en el armario. Desayunaba todas las
mañanas dos tortas de maíz y un vaso de leche caliente. Colocaba los platos en
el lavavajillas y colocaba la temperatura exacta para que no existiera microbio
alguno cuando fuera a comer la semana siguiente con el mismo plato. Se dirigía
de nuevo al baño para lavarse los dientes. Se centraba en que parecieran los
más blancos posibles. Al enjuagarse la boca y escupirlo en el lavamanos alzó la
mirada y se vio a si mismo en el espejo. Aquella mirada inexpresiva. Aquel
mismo rostro de hace veinte años de mirada seca y apagada. De color verde se
tornaban a medio abrir. Se limpiaba entonces la cara con una toalla y
abandonaba a la única compañía que tenía en el hogar. Su reflejo.
Iba al trabajo en chofer. No le gustaba juntarse con la
gente de a pie para ir al trabajo aunque ello le acarreara una escasez de
dinero bastante notable al final de mes. Era el precio del éxito se repetía
continuamente. Al llegar a su oficina saludaba a Dorman, su conserje. Dorman
era con la única persona con la que hablaba a lo largo del día aunque solo
fuera para decir hola y adiós. Al llegar a su oficina, rectangular como de
costumbre, se encontraba en su mesa de aluminio el informe y las llamadas que
debía de realizar a lo largo del día. Se servía un vaso de leche caliente y
trabajaba durante el largo turno de la mañana. A la hora del almuerzo solía
comer dos muslos de pollo a la plancha con un salteado de verduras. De postre
una fruta. Al terminar el almuerzo se tumbaba a la sombra de algún árbol que
hubiera en el área de relajación de la oficina. Aunque su descanso solo duraba
una hora sabía aprovecharlo con bastante sabiduría. Al volver de nuevo a la
oficina se encontraba con un informe distinto y otros números distintos que
tenía que llamar por la tarde. Normus, se servía otro vaso de leche caliente y
realizaba felizmente el trabajo durante toda la tarde. Al atardecer, cuando el
sol se pierde entre las montañas terminaba el estresante trabajo de Normus.
Cofier, su chofer, le esperaba al pie de la montaña de escaleras que tenia la
oficina en su entrada. Al subir al coche Cofier siempre le saludaba por motivos
de modales pero Normus nunca le contestaba, simplemente se regía a mirar las
estadísticas de las apuestas del partido de anoche. De vez en cuando durante el
viaje Cofier podía escuchar a Normus maldecir y gritar en la parte trasera,
aunque le sacaba una sonrisa, conocía la actitud y el modo de ser de Normus por
lo cual si le hacia una sugerencia él nunca le contestaría, ni siquiera se dignaría
a mirarle.
Llevaba a casa feliz o triste dependiendo de la tabla de estadísticas. Encendía
el ordenador madre y revisaba su contestador de voz, cero llamadas, como de
costumbre.
Abría la nevera y esquivando latas de cerveza cogía del
fondo del frigorífico un tetrabrik de leche. Desconocía el motivo por el cual
aquellas latas de cervezas llevaban ya meses en su frigorífico. “No recuerdo
haberlas comprado” Se repetía sin cesar. Lo que restaba de tarde se la pasaba
viendo videos de animales, era su pasión escondida. De pequeño, Normus, quería
ser biólogo marino, estudiar todos los animales que escondía el océano y
navegar junto a un grupo de delfines a lo largo de costas caribeñas. Quería ver
con sus propios ojos una ballena azul e ir al polo sur a conocer a los
pingüinos. Quería que las gaviotas le despidiesen en puerto y al volver le
saludasen sin preocupación alguna. La vida en el mar, esa era su futura vida.
Pero de repente deja su ensueño y vuelve dentro de la habitación. El sonido perturbante
del televisor sin ninguna programación. Su vista había cambiado, había vuelto a
ser el niño de aquellos años que soñaba con surcar el mar. Se veía a si mismo
entre la desfigurada pantalla como un gran capitán de navío. Pero volvía a la
realidad, un tono agudo marcaba que la comida del horno estaba preparada.
Cenaba. Tomaba otro vaso de leche y se acostaba a dormir para que la noche
trajese consigo un día exactamente igual al anterior.>>
martes, 12 de noviembre de 2013
Mi pequeño hogar.
Echo de menos mi casa blanca y me calle corta.
El Sol del invierno, los pájaros de mi terraza,
mi perro ladrando.
Echo de menos las numerosas visitas al día
de parte de familiares.
Y también el sentir el paso del tiempo.
Me siento congelado, me siento parte
de un agua estancada.
Aunque surja la vida, no es la que quiero.
Leyendo, creo viajar de nuevo a mi casa blanca,
pequeña y vieja.
¿Quién me diría hace diez años que te echaría de menos?
Cuando sueño, creo despertar en mi vieja habitación,
y recorro los pasillos de mi casa con los ojos cerrados.
Te echo de menos, vieja, pequeña, especial, translucida,
y portadora de vida casa blanca.
El Sol del invierno, los pájaros de mi terraza,
mi perro ladrando.
Echo de menos las numerosas visitas al día
de parte de familiares.
Y también el sentir el paso del tiempo.
Me siento congelado, me siento parte
de un agua estancada.
Aunque surja la vida, no es la que quiero.
Leyendo, creo viajar de nuevo a mi casa blanca,
pequeña y vieja.
¿Quién me diría hace diez años que te echaría de menos?
Cuando sueño, creo despertar en mi vieja habitación,
y recorro los pasillos de mi casa con los ojos cerrados.
Te echo de menos, vieja, pequeña, especial, translucida,
y portadora de vida casa blanca.
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