googleec0300c30f0b2b44.html Indígena de la tierra.

miércoles, 28 de enero de 2015

Entre sombra y polvo.

     “Yo también estuve allí” quise gritarle desde el umbral de la sombra en la que me escondía. El polvo se fundía con la luz que iluminaba las motas, que ligeras como una nube, viajaban alrededor de las calles y pasillos de esta anciana biblioteca. El muchacho se había ido y sólo me quedaba como recuerdo el fantasma de sus pasos y la esperanza de verlo al día siguiente.
     La luz se fue apagando dando paso a la oscuridad que produce la tormenta. Las gotas de lluvia fueron arreciando hasta que el ruido del agua inundo toda esta galería obligando al silencio a irse. La séptima luz del séptimo pasillo se fundió, haciendo aún más invisible mi presencia. En aquel lugar en el que me encontraba, desde mi ventajosa altura, observaba todo de lejos: Todos venían y se divertían, unos sólo miraban, algunos hacían que estudiaban y otros, en cambio, leían. Pero entre toda aquella gente, era el ser más pusilánime, el más pobre y pequeño el que llamaba mi atención. Llevaba siempre una camisa a cuadros, en la que el color de la suciedad estaba por encima del de la camisa, y en la que vivían unos botones aventureros, los cuales desaparecían uno tras otro; también tenía un pantalón vaquero deshojado en el que ya se alcanzaba ver la pierna del niño y unas zapatillas desgastadas con los cordones desatados. Tenía también, como de costumbre, el pelo desgreñado, el cual no solía ni lavar ni peinar, los dientes con arrugas y las uñas largas. Venía, comúnmente, después de salir de la escuela, y se sentaba largas horas, que a él se le hacían cortas, ojeando cada uno de los libros de cada uno de los pilares que a mí me rodeaban… pero jamás me escogía a mí.
   Cada vez me dolía menos, o cada vez sentía menos, que el muchacho no me escogiera para leerme. Llevo ya tanto tiempo en esta postura, abandonado a la libertad del tiempo y condenado a la perpetua soledad de las sombras, que apenas sé si soy capaz de sentir el polvo que sobre mí se acumula. Recuerdo, con cierta nostalgia, aquella vez en la que él me buscó y yo no quise ser encontrado: «Llevaba ya, si mal no recuerdo, varios años postrado sobre uno de los manuales de escritura más antiguos del mundo, y nadie, en lo que llevaba de tiempo, se había acercado siquiera a ver de qué temas hablaban los libros del pasillo siete. Conversaba continuamente con los arcaicos libros que me rodeaban y discutíamos durante largas horas sobre temas muy diversos: como el origen de la verdad, el fin que alcanza un mentira y el dichoso e incesante pasar del tiempo. Pero a lo largo de este devenir, durante todas estas conversaciones, jamás ninguno cambió de postura y nunca llegamos a una afinidad común. Cada uno defendía ciegamente aquello que llevaba escrito en su alma y éramos, en el  mayor sentido del término, idealistas de la palabra. Que le vamos hacer, somos libros, los mayores egoístas del mundo, y sólo podemos creer en aquello que llevamos escrito. Pero como decía, andaba yo discutiendo con el viejo manual de lectura, fiel acompañante y amigo mío, cuando vi por primera vez a aquel muchacho tontear con alguno de los libros más cabezotas y más difíciles de comprender por aquella época. Al verlo con esa indumentaria que traía, no me causó grata impresión y me escondí como pude entre polvo y sombra, para que ningún rayo de luz tocara mi dorso y para que así él no me viese y no estuviera yo en una de sus elecciones, no quería mancharme con alguna de sus sórdidas manos. Por aquel entonces, tengo que confesar, yo era un libro bastante orgulloso y tenía aquella esperanza, la que tienen todos los jóvenes, de llegar a un fin ideal con un amo y lector de alta cuna y sabiduría. Mas si hubiera sabido lo que el futuro me deparaba, me habría lanzado a las manos del muchacho sin paracaídas. Pero poco importa lo pasado, pues el tiempo es meticuloso con sus actos y jamás da un paso atrás.
   Ya había anochecido y la tormenta pasado cuando vi de nuevo vislumbrarse el contorno humano al final del pasillo número siete. Pensé, en uno de mis pensamientos menos lúcidos, que aquel humano que se acercaba lentamente era el joven muchacho que arrepentido de su elección había venido a escogerme a mí, pero poco duro este pensamiento al ver lo grande que se hacia esa figura y que transportaba con esfuerzo una carreta llena de viejos conocidos míos. Era el “selector” aquel que escoge quien vive un día más de la esperanza y quien muere en el olvido, en aquel lugar infestado de historias del fracaso al que llaman el sótano. Todo mi cuerpo estaba erizado al verlo caminar, cada paso suyo resonaba a lo largo del pasillo y los libros más débiles lloraban en sus escondrijos. Yo había aceptado hacía mucho tiempo aquel fin que se aproximaba cada día, pero en mi interior vivía una esperanza de ser salvado por aquel muchacho de ropa rota y de manos sucias. Mis esperanzas se escaparon cuando lo vi frenarse justo en frente mía, arrojó a la carreta al viejo manual de escritura, a un sabio ensayista francés, y a un moderno y no aceptado escritor español. Luego se dio la vuelta y continuó con los libros de la otra columna, arrojando con el mismo desparpajo a autores de todos los continentes. Creí haberme salvado un día más hasta que volvió a frenar frente a mí. Me agarró fuertemente, leyó mi dorso, y haciendo una mueca me lanzó a la carreta. Caí sobre una pila de cuerpos marchitados y supe entonces que aquel era el fin de mi trayecto y de mi historia. Había sido condenado al olvido, al cual me había acostumbrado desde mi nacimiento, pero sentía en mí el fracaso de no haber compartido la historia que en mi interior guardo. Siempre había pensado en este fin tan frío y grotesco pero jamás había sentido una soledad tan profunda.
Te ruego, escritor, que perdones mi torpeza al no haber sabido hacer la tarea que me encomendaste. Te ruego leas este texto a modo de disculpa, y comprendas lo que llegó a sentir un libro olvidado, que jamás llegó a ser leído. Te ruego, dios y señor mío, que allá donde te encuentres, me perdones.

lunes, 22 de diciembre de 2014

En un eterno conocerse.


Se despertó en la mejor mañana que había conocido, la luz que entraba a rastras por la cortina de la ventana, era una luz tenue y mágica, una luz celestial que iluminaba y calentaba toda su habitación. Las manos le temblaban, los pies no respondían a sus llamadas. Aquello le irritaba e iracundo golpeaba con sus arrugadas manos los pies que tan poco caso le hacían, de repente, un hombre más joven que él entró por la puerta. Tenía el pelo desgreñado, una mirada cansada y un cuerpo curvo que hasta cierto punto parecía cómico. Le detuvo, le agarró fuertemente de las manos y mirándole fijamente a los ojos, le dijo:
- ¡Basta ya, papa, basta ya de hacerte esto!
 Su voz era temblorosa, cansada, parecía llevar una eternidad haciendo aquello.  No le reconocía, no sabía quién era aquel hombre anónimo que tan egoístamente no le dejaba despertar a sus piernas. Comprendió que jamás despertarían, tenía la intuición de que llevaban así mucho tiempo, pero no era capaz de recordarlo. El joven que le había calmado le besó su calva cabeza que apenas tenía tres pelos canos y una cicatriz de la guerra. No comprendía tanta muestra de cariño, él apenas era capaz de recordar su nombre. Le llevó en brazos al baño y, aunque le daba vergüenza al principio, dejó que aquel desconocido le bañara. No era capaz de mirarle a los ojos, se sentía avergonzado de no ser suficiente para bañarse a sí mismo. No supo que le hacía pero, a cada paso que daba aquel desconocido, él olía mejor y se sentía más tranquilo: el agua caliente le relajaba los músculos y la espuma no le dejaba ver a las engreídas piernas.
Después de bañarlo, el joven le puso en una silla muy cómoda y poco a poco empezó a secarle todo el cuerpo. No le gustaba la sensación que hacía la toalla en contacto con su piel. Y de vez en cuando,  para que el joven se diese cuenta,  hacía ademanes de no querer que continuase secándole: se retorcía, gritaba e incluso arañaba al joven que ni siquiera se defendía, en una última instancia se echó a llorar. Cuando alzó la mirada de nuevo,  tenía ya la ropa puesta, pero mirando con atención, reconoció que había un rostro nuevo delante suyo: al contrario que el joven, éste ya estaba viejo, más cerca de la tumba que del nacimiento; podía ver unos ojos viejos, cansados, anémicos de mirar sin poder ver, cansado de necesitar gafas para diferenciar los puntos de las rayas. Veía demasiadas arrugas en el rostro y se le tornaban como si fueran demonios, asustado giró la cabeza y se echó sobre sus dos piernas dormidas.
El joven, que sorprendido de encontrarlo asustado y perdido sobre sus piernas, agarró con sus dos manos la silla de ruedas y lo apartó del espejo. Avanzaron por todo lo largo del salón por el cual él sintió, por primera vez en aquel día, saber dónde estaba. Se le figuró una sonrisa en los labios, pues vinieron a él una avalancha de recuerdos, que por no querer omitir ninguno, y para evitar la distracción de la vista, cerró los ojos. La música de aquel lugar le llevaba a su juventud, sonaba en la vieja gramola que había conseguido después de trabajar a los dieciséis años durante un eterno verano, o al menos eso es lo que él recordaba. Asustado, y como si lo hubieran arrojado al pozo del misterio, abrió los ojos y buscó en sus manos la dorada joya que significaba el inicio de su vida en el paraíso. La encontró en el dedo anular, donde había estado siempre.  Miró al joven, el cual se le tornó ya conocido, y le dijo en baja voz:

-¿Hijo, dónde está ella?

El silencio se le hizo eterno, sintió el eco de un grito que venía de la profundidad de una historia ya olvidada. Ninguno de los dos dijo ya palabra y, avanzando, salieron del salón el cual le había dibujado una sonrisa, aunque también un par de lágrimas.
Dejaron la casa atrás, para entrar en un gran jardín que se le vislumbro maravilloso. Apenas era capaz de diferenciar nada pero la gama de colores que llegaban a sus impávidos ojos era indescriptible. Buscó las gafas en el bolsillo de su chaqueta y, entre temblores, pudo ajustarla en sus orejas para que no se cayesen. Sus ojos se sorprendieron de la belleza que emana en la vida cuando ésta está próxima a la muerte. Creía recordar estas flores, estas rosas y geranios, pero algo dentro le dice: "¿Cómo olvidar semejante belleza?" Pesan las presas que retienen los sentimientos, la puerta vieja del redil del alma cede en la libertad del campo y como sus viejos ojos arrugados, se abre en plenitud adquiriendo un tono celestial y plateado. Siente que tal imagen la recordará toda la vida, pero a su avance, la olvida y la aprende de nuevo, en un eterno conocerse, y siente que su memoria, como la pluma que sobre este papel avanza, es ligera y perecedera.
"Ya no me importa-piensa al ver acabar el jardín-ya apenas consigo recordarlo"
Y así, en mitad del mediodía, abandonaron el jardín y su pasado. Prefirió no recordarlo, por no recordar también las tristezas que había en él. Ahora, era feliz en un eterno presente y su vida, aquella que renovaba cada mañana, se le antojaba maravillosa.

lunes, 8 de diciembre de 2014

En un bosque francés.


Cayó sobre su hocico una gota de lluvia proveniente de las nubes que no alcanzaba ver. Ésto provoco un estímulo en su hocico que acompañado de un viento fuerte proveniente de las montañas le hizo saber que se aproximaba mal tiempo. Medio cojo, con heridas en las patas delanteras y en las traseras se aventuró a entrar en el bosque. Llevaba sin poder ver desde hacía tres semanas, desde que por comer una liebre envenenada un manto blanco cubrió sus ojos «Maldita mi gula y maldito mi estómago que no dejaba de gritar»-pensó el viejo lobo, cojeando, pero seguro de por dónde andaba se fue aproximando más y más al corazón del bosque. Allí se encontraban reunidos todos, podía olerlos desde que entró, en lo alto de un pino frondoso se encontraban dos lechuzas, que a modo de alcalde, daban órdenes y mandatos a los animales, que víctimas del pánico, no sabían que hacer.

-Tranquilos hermanos del bosque, no os asustéis por las nubes que trae esta tormenta...-decían las lechuzas al unísono- yo y mi hermano-dijo una de las dos- os explicaremos que debéis de hacer para sobrevivir a la tormenta-al tiempo que decía esto todos los animales pararon en seco sus actos para prestar atención lo que decía la pálida ave- Bien, ahora que tengo vuestra atención os diré que hacer: Aquellos que podáis cavar, crear madrigueras profundas y cubrir la entrada con tanta tierra que el agua no pueda entrar; aquellos que podáis volar, huid de aquí cuanto antes y volver cuando todo allá pasado; Aquellos que podáis trepar, subir a los árboles y esconderos en su interior os resguardaréis del frío y de la lluvia; y aquellos que no podáis trepar, excavar o volar esconderos en el interior de la Cueva, Tär os protegerá.

-Tär hace tiempo que abandono esas montañas, querido amigo-dijo el lobo refunfuñando.

-Creed en lo que queráis, lobo. Yo creo en el juramento de Tär a la diosa Iaiga y sé que protegerá a todo ser vivo que busque refugio en sus cuevas y montañas.

-He conocido a tantos animales y he cazado tantos en esas montañas, que débiles y en un último respiro, casi al borde de la muerte y suplicando en vano por su vida, rezaron a cada uno de los Guardianes, los cuales nunca aparecieron. He quitado tantas almas, he segado tantas vidas que creyeron que bajarían los Guardianes a protegerlos que puedo afirmar que no existen como tales eso a lo que nosotros llamamos Guardianes.

-No le creáis, dirigíos todos al interior de la montaña, a prisa, el tiempo no corre de nuestra parte.

El viejo lobo que harto de que nadie le hiciese el menor caso empezó a buscar un refugio donde pasar el temporal, suerte tuvo al encontrarse con un árbol que hallábase hueco en su interior lo que lo transformaba en un refugio perfecto. Y entonces, después de dos horas de espera, llegó la tormenta, que arrojó truenos y desbordaciones en la base de las montañas, tiño en cambio sus cimas de blanco dejando una corona helada como signo de su belleza. Reinas del tiempo las nubes se aproximan, robando el aliento a animales desamparados, dando el respiro de lluvia a la tierra que tanto se ahoga y el fruto de ser vida a los gigantes de ramas verdes. Aquella noche el pueblo de la montaña se transformó en una parte más del río, y la calle principal que lo cruzaba se transformó en un afluente caudaloso, que llevaba tierra y arboles descorazonados arrancados de la propia tierra. Los habitantes del pueblo observaban desde sus tejados como animales indefensos eran arrastrados, sin resistencia alguna, a toda velocidad por aquel río. No solo era lluvia, también había truenos, granizo en las proximidades de la montaña y en su cima, el viento del norte y la nieve provocaban una ventisca letal.

-Creedme ahora lechuzas, mirad como esos pobres animales son arrastrados por las corrientes del río, mirad como se ahogan entre lamentos y rezos, les otorgáis una esperanza inexistente. Mirad bien, lechuzas ¿No son aquellos sino los animales que vosotras mismas mandasteis al interior de la montaña?

-Nosotras no elegimos quien vive y quien muere, viejo lobo. Nosotras meramente cumplimos con transmitir nuestro conocimiento con el resto de seres, les ayudamos a que tengan una oportunidad de vivir. Sabemos que ir al interior de la montaña no era una gran idea pero era la única que les podía mantener con vida. Además, qué sabrá un lobo ciego como tú que ni siquiera puede ver.

Y mientras decían esto, un fuerte viento atravesó el bosque izando las ramas al norte; las garras de las lechuzas se hundieron en la carne de madera del pino frondoso que en un grito dejo caer su sangre verde intentando cubrir la herida. De repente y a lo lejos entre la cortina de nieve y viento se fue vislumbrando una figura tenue, iba encogida provocando la menor resistencia a la tormenta pero ante la opacidad a la luz que poco a poco se fue haciendo más grande se daba a entender que se aproximaba donde los animales; muchos temieron por sus vidas, aquel ser indomable no tenía miedo a la tormenta y caminaba por los surcos resbaladizos sin cesar en uno de sus pasos. Cuando ya estaba lo suficientemente cerca se pudo ver con claridad que se trataba de un zorro de las nieves, se dieron cuenta que el ser no iba encogido sino que era pequeño como un gran roedor, que la dificultad para verlo no era la tormenta sino el color de su pelaje, camuflado de color blanco era difícil diferenciarle entre los copos de nieve, y que no encontraba el miedo entre la tormenta porque era el clima donde más cómodo se sentía. Cuando estuvo lo suficientemente cerca entro en el mismo árbol hueco en el que se encontraba el lobo.

-Bella tormenta ¿no le parece?-dijo refiriéndose al lobo.

-¿Bella? ¡¿Qué hay de bello en la muerte?!-dijo el lobo con los ojos cerrados para que el zorro no notase su ceguera.

-No es la muerte lo que me impresiona sino lo bella que es el agua cuando es nieve. Mirad como cae copo a copo sobre las montañas, mirad como va tiñendo la tierra poco a poco, mirad como el verde se torna en un blanco absoluto ¡Miradme a mí!-dijo exaltado-¡Miradme a mí que voy vestido como la nieve que cae ahora del cielo! ¡Miradme viejo lobo o seré yo quien os quite la vida y no la tormenta!

Cansado ya del monologo del zorro ártico se alzó el lobo sobre sus flacas patas y mirando fijamente de dónde provenía la voz abrió sus ojos de par y en par y dijo:

-Le parece bien así. 

El zorro empezó a temblar, atormentado por la mirada vacía que tenía el lobo en su rostro. 

-¡Sois un desterrado!-dijo atemorizado-Los Guardianes os han quitado la vista para que no podáis ver lo bella que es la nieve al caer en la tierra, para que no podáis adorar mi precioso pelaje y para que así no sintáis vergüenza del vuestro. Los Guardianes son sabios pero yo, fiel seguidor de la doctrina e hijo de dogmáticos de la antigua orden, terminare con tu existencia y te desterrare a la muerte. 

Se abalanzaron los colmillos del zorro sobre la piel del lobo rasgando su vientre verticalmente, gruño el lobo que dolorido agarró por el pescuezo al zorro lanzándolo contra una de las paredes del árbol. Lo lanzó con tanta fuerza que se pudo escuchar como la mayoría de sus huesos se rompían en el impacto. Su herida en el pescuezo provocada por los dientes del lobo tampoco fue leve, podía verse como el rojo se abría espacio entre el blanco de sus pelos y mientras todo esto ocurría el lobo dando la espalda al zorro y la cara a la tormenta esperaba a que ésta amainase.

Pasaron las horas y cuando la tormenta amaino toda la dulzura y la fuerza del bosque resurgió desde sus adentros. Los árboles se estiraron intentando tocar el cielo; los pájaros ayudándose de los árboles iniciaban su vuelo alto, respirando los vestigios de las nubes, pues no querían que se juntaran y formasen una nueva tormenta; los roedores se quedaron durmiendo pues sabían que aquella mañana no solo los herbívoros saldrían por primera vez en mucho tiempo, sino también los depredadores que estarían esperándoles entre las sombras, "seremos más listos que ellos"-pensó un ratón obrero que dicho esto se echó a dormir-; el lobo, que después de la justa con el pequeño zorro se dispuso a salir, vió que estaba muy débil para poder caminar y decidió quedarse en el interior del árbol hueco, "Dichoso seáis zorro y dichosa sea la antigua orden que enveneno tu razón con ideas dementes, quisiera poder haber tenido suficiente tiempo para decirte que no fueron los Guardianes sino una liebre lo que cegó mis ojos. Quisiera ahora poder caminar, poder moverme y elegir yo mismo el lugar de mi muerte, pero ahora estoy demasiado débil y me has traído hasta el mismo fin que tú ya guardas", y tumbado entre sus piernas, aceptó su destino.

Se percató de la inhibición de sus sentidos, como estos fueron menguando hasta su inexistencia, en un momento dado dejo de oir, en otro, de oler. Dejo de sentir la sangre del zorro en sus colmillos y en un último momento, espirando su último aliento, dejo de sentir.

 Etruem, parca de Aunir, entró en el árbol en el que se hallaban los espíritus del lobo y del zorro, ambos sentados al lado de sus cuerpos.

-¿Nos vamos queridos?

Las dos almas se miraron mutuamente, y asintiendo con la cabeza se fueron los tres por un bosque blanco azulado desapareciendo por la cortina de plata que separa el mundo de los vivos del mundo de los muertos.

viernes, 31 de octubre de 2014

La vuelta de Hugo.

Caminaba lentamente por esa calle que ya no recordaba, las pisadas eran lentas y la respiración pesada, reconoció un árbol antiguo, de frondosa madera y doradas hojas, vio como una de ellas, cayendo como caen las hojas en otoño, fue a dar a su zapato. Hacía tiempo que Hugo Montoya no recorría la distancia que separaba la parada del bus a su casa, hacía tiempo también que no le tomaba tanto tiempo recorrer los cien pasos que había de distancia. El aire era primaveral, hacia un Sol maravilloso que iluminaba toda la calle, un viento presuroso que recorría la carretera y que por el olor debía de venir de detrás del asador del primo Claudio. El olor de la carne asada se mezclaba con el olor que deja la tierra cuando se moja, un olor húmedo del pasado, un olor histórico.

Hugo tenía ya 22 años y hacía cuatro que no volvía a casa. Sentía de nuevo los sentimientos que ocuparon su cuerpo aquel 16 de abril del 87: el día de su libertad y el de su cumpleaños. Tenía de nuevo 18 años, el tiempo para él no había pasado, sentía que volvía de la escuela, con su cartera de notas doblada bajo el brazo, esperando que sus padres vieran los buenos resultados que había obtenido. Cada paso nuevo era retroceder más en el tiempo.

Recordaba los gritos de su padre al decirle que quería estudiar letras en Salamanca, recordaba su boca que mitiga, la que fustiga al paso que humilla, recordaba sus ojos rencorosos, rellenos de odio y vergüenza cuando le imperaba a ir a la academia militar como única salida decente para un joven que se había pasado la vida entera estudiando las letras. Él le afirmaba que entendía el honor de servir a la espada, al rifle y a la patria, pero que su alma, su cuerpo y su coraje no estaban hechos para la batalla. Era un hombre de escritorio bastante cobarde, le temblaba el pulso desde los cuatro años y a los nueve perdió el único combate cuerpo a cuerpo que había tenido. Era en definitiva un hombre de letras y para las letras. Se veía asimismo encerrado en su cuarto mientras su padre le insultaba y su madre imploraba a lloros un poco de tranquilidad y calma. Recordó el filo de la navaja y el olor a pólvora quemada, recordó el papel arrugado y las lágrimas sobre la cama, que siempre sabían amargas.

<<Ahora estoy frente a mi casa de nuevo, tengo 22 años, me siento más viejo de lo que vengo y solo traigo lágrimas en los ojos>>

Abrió la puerta un viejo tío suyo, más arrugado que la última vez, con dos o tres pelos con su mismo color cano y la misma expresión vacía de siempre. Entró sin hacer ningún gesto, intentaba no llamar la atención. Miró la casa de su infancia, aquella en la que creció y en la que tanto había leído, nada había cambiado desde su ida, la misma decoración, los mismos armarios y el mismo cristo en la puerta del recibidor. Se dio cuenta de que toda la familia había venido, se habían acercado de todas las partes del país y todos adoraban el mismo sepulcro. Asustado por el busto de palas que desde la infancia fríamente le miraba, aquel que tanto le juzgaba y que ninguna palabra decía, fue entrando más y más en la profundidad de la casa. La habitación se había convertido en una especie de caverna iluminada, donde se veía únicamente por velas y por la luz traviesa que avanzaba de cuclillas por los huecos de la ventana. El sonido que allí habitaba, era un sonido que jamás había oído o presenciado, era un silencio ensordecedor y más que silencio, era un ruido hueco. Decidió después de haber recibido varios pésames por parte de amigos, familiares o viejos conocidos, acercarse al cuerpo muerto que con los ojos cerrados le esperaba desde hacía cuatro años. Miró el cuerpo inerte rodeado de flores, de hojas preciosas y alguna rosa amarilla, con las manos cruzadas a la altura del ombligo, con los pies descalzos y con un vestido blanco como en el día de su boda. "Tan bella como siempre"-pensó cuando dejó brotar por fin los sentimientos de cuatro años cargados.

domingo, 26 de octubre de 2014

La necesidad que siento en ti.

 Ahora, que ya han pasado los años, ahora que ya me puedo considerar un conocido tuyo y que creo conocerte en tus venidas y en tus vaivenes aún en el día de hoy me sorprendes, renovándote, mejorándote, influyendo en la mente de todos y transportándote por el tiempo en la noche de los sueños. Se puede considerar que llevo contigo toda mi vida, pues digo-blasfemando mi existencia- que hasta que no te conocí no sabía lo que era realmente vivir. "Vidas hay muchas"-me dijeron continuamente-"No puedes creer que tu única vida es el sentido de todas las vidas, al menos no podes ser tan egoísta". ¿Qué es entonces mi vida sin ti? ¿Qué me diferencia al resto sino eres tú esa diferencia y esa conexión que me haces transmitir y esa seguridad que me das? He vivido ya esta vida mil y una veces, ya sé lo que me tiene que contestar y lo que le tengo que preguntar, he viajado ya por estas calles que aún me sorprenden y he sentido ya la lluvia que moja mi rostro y limpia mi mente. He sentido ya la fragancia de estas flores y he visto sus colores impregnando todos los campos e iluminando todos los ojos.

Escuche al amor de la palabra de Shakespeare, de la mano de Byron, aunque me enamoré pude comprender que no comprendía aún la poesía romántica y que aún me quedaba mucho para enfrentarme a ejércitos de tan prestigioso calibre. Como era de esperar perdí la batalla. Me levante de nuevo no sin antes no olvidar su nombre ni tampoco olvidar su historia más si quise olvidar sus versos y sonetos que tantas dudas me dieron en su lectura. Me fui hacia otro mares, pensé que igual la poesía era una guerra muy grande para una mente aún tan pequeña; viaje a las novelas, a la literatura prosana, la literatura de las grandes historias y de los grandes héroes modernos. Pero quede enamorado por su forma menos extensa, los cuentos. Conocí a un ingles de los altos orbes, que presumía de belleza y que amaba la vida como amaba al rostro del espejo: Oscar Wilde, que en su famosa novela El retrato de Dorian Gray me dejo sorprendido por la debilidad de la carne y las astucias que acomete un hombre por la belleza-menos mal que carezco de ella, así nunca temeré de pecar en tal grado-Me lo encontré de nuevo en sus cuentos y ya nunca mas le solté. Dude de mi moral y mi razonamiento en El país de los ciegos de H.G. Wells, pensé en ser Núñez que enamorado de Madina renunciaba a la vista que tanto amaba ¿No era acaso el amor ciego? Luego dude de mi existir y de mi voluntad a existir junto a dos autores que me enseñaron la mentira que es la verdad, Andreus Huxley y Ray Bradbury con sus dos novelas distópicas : Un mundo feliz y Fahrenheit 451.

Así fui creciendo, leyendo obras de novela, cuentos cortos y cuentos para niños, disfrutando de ellos tanto como no lo había hecho en mi juventud. Al paso que crecía en la literatura en mi interior iba menguando, convirtiéndome en un hombre cada vez mas simple y más sencillo, creyendo en imposibles y haciéndome ver el mundo de colores que no existen.

Entonces después de tanto caminar me encuentro aquí enfrente tuya, dulce dama. Me atrevo ya por fin a leerte y con orgullo afirmar que entiendo lo que dices, a poder ver los pétalos cristalinos de los que te formas y recoger el rocío en mi boca, para que con arrojo me atreva a nombrarte en mis labios para que pueda oírte en mi voz.

Te debo mi forma de pensar, las circunstancias que me rodean y el fin que alcanzo.

Gracias, literatura.

martes, 21 de octubre de 2014

El motivo de mis textos.

Yo, para nadie escribo,
y no espero que nadie me lea
pues no hay un tesoro en mis letras,
ni ningún código escondido.

Solamente escribo lo que mi corazón piensa,
lo que mi mente inspira, que dolor,
dar al vuelta al verso
y no encontrar motivo de regreso.

Solo expreso lo que necesito escuchar,
si alguien siente la avenencia de mis letras,
que alegría, que tristeza le acompañan,
pues no es mía la campaña
de ganar esa libertad

Menudo el despropósito del mentecato,
que buscando en estas letras,
encuentre filosofía de algún sabio de Grecia,
                            o de algún literato castellano.

domingo, 19 de octubre de 2014

Entrada del Despertador.

Amo tanto a los sueños como puedo querer a mi vida. Sólo una barrera, dos puertas de acero reforzado, oxidado, viejo y corroído, las separa y las mantiene unidas, y yo soy el dueño de la llave de la cerradura.
A veces, carezco de fuerzas de soñar y manteniendo las puertas unidas, vivo en la razón y los ensueños que la vida me da, en otras en cambio dejó las puertas abiertas de par en par para que cómo un río indomable, caudaloso y agitado, avancen los sueños arrancando las malas hierbas que crecen cuando estoy despierto y que con ellas se lleve los malos recuerdos y la tristeza que las nutre y las hace crecer.

Porto mi gracia y mi desgracia, las puertas están tan rígidas como siempre y yo sentado frente a ellas escucho el arrullo que hace el río al pasar.

Me preguntó al dar el siguiente paso: ¿Qué es aquello que tanto deseas oír?, ¿ Cuál es esa palabra que con tanta necedad necesitas escuchar?

Mis ensueños son pensamientos de gloria, de premios, adoración, son vivencias fantásticas de una mente que no ha dejado de soñar desde que descubrió que podría hacerlo despierta. Creo conocer el origen de estos pensamientos pero no comprendo la razón de mis momentos de lucidez, que en ocasiones me ocurren, cuando pienso en ser alguien simple, rico hombre de escaso dinero, y solo luchar por la capacidad del sentimiento hacia el conocimiento.

Pienso que quiero saber y no parecer saberlo, quiero hacer creer de mi idiotez y hacer creer mi lucidez a mi mentirosa sombra.

No sé lo que deseo hacer, al menos eso quiero creer.